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domingo, 25 de junio de 2023

¡Alumnos, rellenen sus encuestas!

Se acaba el curso y, como todos los años, los profesores instan a los alumnos a rellenar las encuestas de evaluación del profesorado. El objetivo es medir la calidad de la enseñanza universitaria, pero lo curioso es que ésta calidad no se basa en si el profesor transmite conocimiento a sus alumnos, sino en si el alumno está satisfecho con el “servicio” ofrecido, como el dueño del restaurante que le pide al cliente una buena reseña en internet. Como es de esperar, los alumnos aprovechan las encuestas para poner a parir al profesor que le cae mal, independientemente de si hizo bien su trabajo o no. La calidad se reduce a números, gráficas y encuestas que distorsionan, en muchos casos, el verdadero nivel de los docentes.

A quien perjudica estas encuestas es normalmente al profesor más joven o que ha comenzado a trabajar hace poco, pues se le dificulta ascender laboralmente y se le presiona para que se doblegue a las exigencias de los alumnos. Lo que se produce es que, paulatinamente, la transmisión de conocimiento disminuye, pues ya no importa tanto enseñar como hacer que el alumno esté a gusto y obtenga su aprobado. El docente ya no es una autoridad, es un colega. Lejos de ser una sede del saber y formación académica, la universidad se ha vuelto un negocio. En vez de formar a las personas, es una fábrica de crear jóvenes de una soberbia supina fruto de su ignorancia.


Indiferencia

Es habitual presenciar en el transporte público cómo los jóvenes, abducidos por el móvil y con los  auriculares incrustados en las orejas, pugnan por a ocupar los asientos libres sin darse cuenta de que a su lado hay una persona mayor que posiblemente lo necesite. Es uno más de los síntomas de esa perniciosa patología de la que adolecen los más jóvenes hoy en día: la indiferencia que muestran hacia sus mayores. Los ven a su alrededor sin percatarse de lo que tienen delante, son para ellos como las hojas marchitas de un árbol, condenadas a que el viento las arranque y caigan en el olvido. No son conscientes de que por esas venas y arrugados rostros discurre toda una vida, que la mirada de una persona mayor alcanza a ver mucho más que la de ellos y que juzgan con más acierto. Son el genuino tesoro de nuestra sociedad.

Soy joven y todavía no sé mucho de la vida, pero no creo que esta indiferencia sea sana. Mientras que nuestros mayores se preocupan por el mundo que nos han de dejar, nosotros parece que sólo estamos pendientes de nuestro ombligo. ¿Acaso toda una vida bregando no merece respeto y consideración? El futuro no existe, sólo el presente. Es aquí y ahora donde hemos de asentar los cimientos del mañana, pero si no atendemos a los que más saben, si no acudimos a los que ya tienen mucho camino andado a sus espaldas, si no hacemos de los mayores nuestros referentes, lo que construyamos no se sostendrá por mucho tiempo.

Nuevos liberales

Cuando uno estudiaba en los libros de Historia de bachillerato el siglo XIX español, era habitual que a los liberales se les distinguiese en...